Nada sin nuestro satélite

En perfecta sincronía con su predecesor,
aquel que está siempre a su lado,
aunque no por la infinidad del tiempo.
Una misma cara se refleja eternamente,
sumergida en enormes negros mares,
que susurran un daño permanente.

¿Qué sería de nosotros sin nuestra guía nocturna?
Sin ella no existiría la belleza verde que llena nuestros lares.
Sin ella no habría marineros que navegaran en bravos mares,
ni infinitudes que supieran cómo las olas son de grandes.
Sin mareas los ciclos biológicos no tendrían sentido,
pues su inicio es el mar mismo.
Sin ella no habría vientos enfurecidos, ni tornados,
ni ciclones o huracanes.
Su presencia nos deforma, en lo líquido y gaseoso,
y nos da la vida a partir de lo que respiramos.

Nos dio los relojes biológicos, el movimiento y la luz.
Sin ella no habría ecosistemas, ni comunidades o poblaciones,
ni especies, ni células. Nada.
Sin ella no habría vida.
¿Y cuál es el precio que paga por crear una belleza única?
Alejarse hacia lo más profundo de nuestro universo.

Luna (1)

Luna (2)

 

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