¿Somos relojes fruto de un relojero?

Una observación rigurosa del ambiente que nos rodea, el todo o Gaia como lo llama James Lovelock, puede llevarnos a admitir un diseño inteligente a expensas de una operatividad vigente y siempre omnipresente en el morfoespacio y tiempo, la que hace ciento cincuenta y siete años se llamó selección natural. La idea de este diseño no es nueva, de hecho lleva vigente un par de siglos desde que William Paley la popularizara en su obra Teología Natural. ¿Cuál es el fundamento sobre el que se sustenta la idea del diseño inteligente? Digamos que allí donde encontremos un diseño tal que no lleguemos a poder explicarlo minuciosamente bajo las premisas que rigen la ciencia, es necesario per se un diseñador; la naturaleza es compleja, por lo tanto debe tener un diseñador. Paley llamó a este diseñador Dios. Una de sus analogías distinguidas para validar su argumento teológico es el del reloj (complejidad irreductible natural) y el relojero (Dios). Imagina que prescindes de la idea preconcebida de un reloj; nunca antes se te ha mostrado su imagen, funcionamiento o maquinaria intrínseca, y de repente encuentras uno en el suelo mientras caminas. Tras un meticuloso análisis llegas a la conclusión de que, efectivamente, es un objeto muy complejo. ¿Cómo puede explicarse una maquinaria con tal cota de complejidad? -Tiene que provenir de un diseñador previo-, es lo que puede tornarse en tu cabeza cuando coges el reloj. -¿Y cómo actuó este diseñador para engendrar tal complejidad que no puedo llegar a comprender? ¿Qué necesitó para llegar a ello? ¿Lo creó ipso facto?- son preguntas que en el siglo donde vivió Paley acaparaban algunas de las mentes más prominentes de la época y que, irremediablemente, intentaban encontrarle respuesta. No sólo relojes; también estructuras orgánicas (órganos fundamentalmente), fenómenos ecosistémicos o los propios animales entrarían en su aserción de diseñador preexistente. Paley incluso llegó a afirmar que:

Ningún animal, por ejemplo, puede haber inventado sus propios miembros y sentidos, ni puede haber sido el autor del propio diseño con el cual fueron construidos.

Ningún ser puede diseñarse a sí mismo puesto que sus partes más irreductibles son puestas en escena para un cometido, para llevar a cabo un propósito o final. Es decir, para Paley todas las piezas del rompecabezas han sido diseñadas teleológicamente. Pero en su obra Teología Natural va más allá y extrapola esta complejidad a nivel cosmológico, al mismo universo: todas las partes constituyentes de éste están tan perfectamente diseñadas como las de un reloj, y todas y cada una trabajan en conjunto para que nuestro universo funcione en plena armonía, sin fallos. Pero hay una idea esencial que se le escapó a Paley; una idea que todavía no cobró la suficiente fuerza en su época, en pleno inicio del siglo XIX, como para ser tomada como verídica. Tuvieron que pasar algo más de cincuenta años para que tuviera el ímpetu que finalmente tuvo. Esta idea alude a una dimensión que percibimos constantemente, aunque no en toda su amplitud como querríamos, pero que a la vez nos es muy difícil verla a grandes escalas: el tiempo, la inmensidad del tiempo geológico que Charles Lyell explayó en su obra Principios de Geología.

Ciertamente es muy poco probable que surja una estructura sumamente compleja en la naturaleza a expensas de un tiempo prolongado. Esto es aplicable a nuestra analogía del reloj y a todos aquellos elementos naturales que vemos a nuestro alrededor: la naturaleza no crea complejidad de un día para otro, necesita tiempo. Y es este tiempo, que actúa a escalas magnánimas que no podemos percibir, el que hace que se tambaleen los pilares en los que se sustenta el diseño inteligente; es como el epicentro de un terremoto. ¿Y cómo puede surgir una complejidad tal en un lapso de tiempo tan inmenso que invalide su misma creación, si acaso ocurriera, instantánea (in situ)? La respuesta la tiene la selección natural. Charles Darwin volcó por completo la idea de diseño inteligente en 1859. La complejidad de todos los seres vivos ya podía ser explicada por mecanismos naturales (sin tener que recurrir a un diseñador) que actuaban de manera omnipresente a cada instante. ¿Qué mejor manera de describir un fenómeno natural causal si no es bajo la mirada de la selección natural? La selección lo rige todo; es un proceso selectivo diferencial de entes reproductores con variación entre sus filas. Con todo ello se puede llegar, con ayuda del inherente tiempo geológico (que poseemos con holgura desde la creación de nuestro planeta hace aproximadamente 4.600 millones de años), a una complejidad espléndida a nuestros ojos. Darwin dio en el clavo cuando propuso la selección natural como mecanismo de especiación, creación de nuevas especies a partir de otra(s) preexistente(s), y el tiempo geológico o gradualismo implícito como la base afísica para que ésta actúe con modestia. Realmente la visión darwiniana es radicalmente distinta a la paleyana en cuanto a la forma de ver el agente causal final de un proceso azaroso, en el caso de Darwin, o dirigido, en el caso de Paley. Esta dualidad teórica se ve reflejada notoriamente en uno de los muchos extractos que Darwin sitúa en su libro El Origen de las Especies, y es lo que hace que cada ser conserve peculiaridades o imperfecciones:

La selección natural tiende solamente a hacer cada ser orgánico tan perfecto como, o algo más perfecto que, los otros habitantes de la misma región con los que tiene que luchar por la existencia.

Para llegar a la complejidad del reloj de Paley se necesitan cambios. Pero estos cambios deben ser acumulativos y continuos en el tiempo, sin saltos evolutivos colosos desde donde surgen nuevas estructuras complejas per se (aunque esta posición pudiera ser realmente cierta tal y como se contempla en la teoría de El Equilibrio Puntuado de Stephen Jay Gould, será objeto de debate fuera de las proposiciones de nuestro cometido principal). Y aquí es donde reside la fuerza del argumento darwiniano: hemos tenido más de cuatro mil millones de años terrestres de cambios acumulativos, progresivos y, aunque parezcan ficticios, sin un fin teleológico paleyano. Un buen ejemplo de complejidad natural (dejando a un lado el reloj) lo encontramos en el ojo humano, también debatido por Paley en su Teología Natural, y que Richard Dawkins puso en la cuerda tensa del diseño inteligente. Según el concepto paleyano el ojo está perfectamente diseñado y todas sus partes cumplen su función en el hervidero de la fotorrecepción, por lo que es necesario un diseñador previo. Aún con todo, Paley dejó atrás ideas tan esenciales como hizo con su analogía con el reloj:

  1. La primera idea, no olvidada o reemplazada si no invisible a su mirada teórica lamentablemente ciega, es la de imperfección. El ojo humano no es perfecto aún cuando nuestras miradas lo deseen con vehemencia. Se podría decir que el ojo humano es uno de los mejores ejemplos que muestran el por qué no está tan minuciosamente diseñado: el punto ciego es inevitable, está ahí y es fruto de una imperfección evolutiva. Todos los vertebrados lo poseen y han encontrado distintas soluciones evolutivas para salvar este error visual intrínseco mediante la selección natural. ¿Cuáles? Uno de ellos es el nistagmo, es decir, una oscilación espasmódica constante del globo ocular que logra auxiliar el permanente punto negro que observaríamos si ésta no existiese, permitiéndonos una cobertura completa de nuestro campo de visión. Cómo la selección natural repara esta especie de inexactitudes a lo largo del tiempo no deja si no de sorprendernos.
  2. La segunda idea, y que Dawkins expone con suma sencillez y elegancia, alude al cambio progresivo de una estructura (en nuestro caso el ojo humano) mediante la adquisición continua de mutaciones que, aún no teniendo una direccionalidad definida, ayudan a la perfección de una o varias funciones. ¿Cómo puede entonces surgir un diseño como el gozado por el ojo a través de cambios sucesivos? Dawkins refuta la idea del diseñador explicando cómo evolucionó el ojo desde nuestros antepasados más remotos con sensibilidad fotorreceptiva hasta el propio ser humano. Imagina un animal simple, algo así como un platelminto (un gusano plano) y que vivió hace unos 500 millones de años, el cual no posee ojos sino pigmentos fotosensibles en las células dérmicas. Nuestro supuesto animal no podría predecir la dirección de donde procede la luz pues cuando ésta incide sobre las células fotosensibles lo hace en un mismo plano, debido a que están ubicadas en la superficie de la piel. Ahora imagina que nos situamos hace 450 millones de años y que la línea evolutiva de nuestro hipotético animal ha adquirido mutaciones que le han llevado a adquirir una concavidad en la zona dérmica fotosensible: tenemos una especie de ocelo. Nuestro animal sí puede determinar ahora la dirección de los rayos de luz pues cuando éstos penetran en la concavidad lo hacen en diferentes ángulos susceptibles de ser captados por las células fotosensibles. Si seguimos en el tiempo, pongamos hace 400 millones de años, encontraremos en nuestra línea evolutiva una concavidad más vasta y con un mayor número de células en su superficie: la sensibilidad para captar la fuente de luz habrá aumentado considerablemente. Avanzamos y, hace unos 300 millones de años, encontramos nuevos tipos celulares en nuestra concavidad; células que secretan líquido y mucus hasta cubrir por completo nuestro proto-ojo haciendo que los rayos de luz se difracten y puedan formar una imagen del medio. Las mutaciones se suceden continuamente generación tras generación y llegamos al punto donde nos tropezamos con la lente o córnea y diferentes nervios oculares que se escabullen por la parte trasera del proto-ojo (lo que formará el incómodo, ante la mirada del diseñador, punto ciego). Nuestro hipotético animal puede enfocar y formar imágenes nítidas del entorno. Sigamos un poco más adentrándonos en el tiempo evolutivo, accediendo a la línea de los primates hace unos 100 millones de años, y tendremos una estructura muy similar a la que podemos observar hoy día. ¿Qué obtenemos finalmente? Una estructura compleja, sí, pero con inexactitudes trascendentes y con un pasado cambiante que Paley se negó a ver.
  3. La tercera idea, aún estando implícita en la segunda, es la del tiempo geológico y cómo éste es la base sustancial donde ocurre toda la parafernalia de la selección natural. Si dejamos tiempo suficiente para que actúe la selección natural las puertas que se nos abren son infinitas; los cambios, incontables.

Con todo esto, y bajo la galante mirada de Darwin a las espaldas, Dawkins desmontó la idea del diseño inteligente. Vivimos en un mundo dominado por una fuerza azarosa omnipresente en el tiempo que elige entre aquellas variantes de sistemas reproductores que son las que mejor están adaptadas al entorno donde se encuentran, trasmitiendo sus cualidades genotípicas, en el caso que atañe a los seres vivos, a las generaciones posteriores. ¿Qué hacer con toda la complejidad que se nos aparece? Simplemente dejar que el tiempo fluya, que la complejidad engendre nueva complejidad entre infinidad de caminos, algunos de los cuales ni sabremos que existieron.

Bibliografía:

  1. Paley, William. Teología Natural, o evidencias de la existencia y atributos de la Deidad. 1802.
  2. Darwin, Charles. El origen de las especies. Barcelona: Espasa Libros, 1859.
  3. Jay Gould, Stephen. La estructura de la teoría de la evolución: el gran debate de las ciencias de la vida, la obra definitiva de un pensador crucial. Barcelona: Tusquets Editores, 2004.
  4. Dawkins, Richard. El espejismo de Dios. 1ª ed. Barcelona: Espasa Libros, 2013.
  5. Dawkins, Richard. El relojero ciego. 1ª ed. España: Tusquets Editores, 2015.
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